LA LLORONA by Marcela Serrano

LA LLORONA by Marcela Serrano

Author:Marcela Serrano
Language: es
Format: mobi
Published: 2009-07-20T23:00:00+00:00


2

Como por arte de magia, aparecieron unos fondos, una donación para armar biblioteca y cineteca en el hospital. (Hasta hoy sospecho que el dinero venía de la madre de Olivia.) Elvira convenció a la jefa de mi sección sobre mi talento. Como nunca di una razón de queja, ésta aceptó. Total, era difícil que una de sus presas/locas se luciera en algo y ésta era una oportunidad.

Volví a los libros. Y con ellos, de a poquito, a la curiosidad. ¡Cuántas cosas se ocultaban entre dos delgadas tapas de cartón! Había algunos en una sala agonizante. Trajeron más. Y una máquina para ver películas. Todo el material se concentraba en un pabellón anexo al mío. La reja pasó a ser un elemento del pasado. La cruzaba a diario. Salía a los jardines, a otros pabellones, a las oficinas de la administración. Poco a poco gané libertad. Llegaron películas. Algunas modernas, otras antiguas y muy divertidas. Cada día le tocaba a un pabellón la sesión de cine. Llegaba yo puntualmente con el enfermero que trasladaba las cosas, destinado a acompañarme a todos lados. El cine empezó a tener más y más público. Y más custodia. El desorden que se armaba a veces era brutal. En las escenas de terror o de sexo, los internos o internas lloraban. O gritaban. O hacían gestos obscenos. En los pabellones de hombres debió prohibirse la masturbación durante las películas. Un día dejé la cinta andando y salí a hacer un trámite. De vuelta en la sala, al menos diez de los hombres se masturbaban frente a la pantalla. El semen lo salpicaba todo. Me espanté. Les dije a los enfermeros que pararan la película. Claro, fue un horror para mí, para nadie más. Con el paso de los días, hubo que ganarse el derecho al cine. Fue un premio que ayudó a los enfermeros a controlar más de una situación difícil. «Si no paras te quedas sin cine»: una frase más efectiva que un tranquilizante. Los internos habían visto algunas de las películas. En sus pasadas vidas. La nostalgia, entonces, arrasaba.

Los libros eran más difíciles de promover. El nivel de educación jugaba en contra de ellos. También los problemas de concentración. Empecé a pedir libros con imágenes. Revistas con fotografías. Aquéllas sí tuvieron éxito. A poco andar armé un club de lectores. Uno de lo más humilde, no se imaginen un club como en la ciudad. Lo componían pacientes bien comportados que se juntaban a leer en voz alta dos veces por semana. Creo que era una buena terapia. Logré que se les sirviera un té con galletas en medio de la sesión. Quién sabe si iban por los libros o por el té (siempre, siempre querían comer, a toda hora, lo que fuera). No importaba. Algunos pacientes, sobre todo hombres, eran profesionales que alguna vez leyeron mucho. Con esto recobraban algo de sus pasados. Y un poco de dignidad, junto con romper el aburrimiento. Es que, como producto de la falta de futuro, todos se aburrían.



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